8 jun 2009

El mejor amigo de la mujer

Mi marido quiere mucho al perro. Siempre lo dice. Alguna vez me he preguntado si lo quiere más que a mí. Qué tontería, ¿no? Pues no puedo evitar pensarlo. ¿Por qué, si no, es capaz de bajarlo a las doce de la noche y a mí no me saca ni a merendar?
Así que un día me dije: esto se acabó. No aguanto ni un día más. Y me cambié por el perro. No me pregunten cómo pude hacerlo, porque ni yo misma lo sé. Lo que sí puedo asegurar es que bendita la hora en que lo hice.
A la mañana siguiente, después de ducharse y afeitarse, mi marido me bajó a dar un paseo. Me acarició con ternura, me sobó como a un peluche y, lo más emocionante, me sonrió con una ternura que ya había dejado de reconocer en sus ojos. Yo movía la cola sin querer, de puro gusto, y aunque no podía sonreír porque era un chucho, me sentí feliz. Al despedirse, me besó en la cabeza y me zarandeó cogiéndome por las patas delanteras. ¡Pedazo de cabrón! ¿Por qué no hace eso conmigo todos los días? Después de despedirse de mí (del perro), me dijo (a su esposa): no te olvides de echar gasolina al coche, ¡lo tienes seco!, ¡y mírale el agua! El perro, o sea, yo en ese trance, ni se inmutó. Y sólo cuando le preguntó: ¿te has enterado?, respondió ladeando la cabeza, como hacen los perros cuando quieren decir: ¿qué pasa? Recuerdo que aquel día cagué y meé por toda la casa. Me subí al sofá donde se traga media docena de partidos a la semana. Le llené de pelos la ropa que siempre deja sin colgar y, de postre, me merendé los bombones, su plato favorito.
Desde entonces soy una mujer más feliz, y no porque él haya cambiado en absoluto; no se dio ni cuenta de aquel prodigioso cambio. Sigue igual que antes, hecho un imbécil. Pero yo no, ahora soy otra, estoy más cerca de la mujer que siempre quise ser. Ahora sé lo que quiero. Aunque, a decir la verdad, me hubiese gustado ver la cara que puso cuando encontró mi armario vacío y la nota en el frigorífico.

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