Y entonces, bajamos de los árboles. Recorrimos sabanas y llanuras en busca de nuevos alimentos. Y nos erguimos curiosos y temerosos para divisar el desconocido horizonte. Y nos multiplicamos hasta salir de la africana cuna. Y logramos el inexplicable prodigio del fuego mientras nuestros colmillos y molares se ensanchaban siglo a siglo, milenio a milenio. Y llegamos a los confines del planeta en busca de la nada, haciendo camino, el arduo camino de la supervivencia. Y nuestro cuerpo creció, también nuestra mente, hasta convertirnos en otro ser, ahora iluminado por la alimenticia luz de la sabiduría. Y nos hicimos humanos, tanto que empezamos a enterrar a nuestros muertos y a implorar a dioses que no existían. Y mezclamos nuestra sangre, esa que es del color con que pintábamos siluetas de animales en las cuevas. Y nos hicimos sociables, inventamos la tribu, el clan, la familia. Y descubrimos el milagro de arrancar de la tierra el alimento. Y nos sorprendieron unas inmaculadas gotas que después, mucho después bautizamos como lágrimas. Y domesticamos a las bestias a nuestro antojo. Y creamos el arte, con precisas pinturas y hoscas esculturas, como si nos hincháramos por dentro para dominar el planeta y a todos sus hijos. Y aprendimos a comunicarnos, torpes al principio, pero con efectividad. Y dimos forma al metal para hacer las herramientas que nos ayudarían a levantar un imperio, el vasto imperio de la Humanidad. Y descubrimos el amor, los besos, las caricias, la amistad y el odio. Y declaramos la guerra a enemigos sin saber exactamente por qué lo eran. Y construimos la primera ciudad, y la segunda, y la tercera. Y nos dividimos en razas para maquillar el planeta con más colores todavía. Y, cierto día, creamos un país, sin darnos apenas cuenta, al borde más fértil del río del destino. Y decidimos trazar fronteras donde antes sólo había pasto y tierra. Y así, lentamente, y ante la atónita mirada de la hermana Luna, surgió el primer imperio, bajo el mando del primer rey. Y sembramos la tierra de pueblos y ciudades, de hombres blancos, negros y de todos los colores. Y creamos un ejercito. Y dibujamos en la tierra los símbolos que, siglos más tarde, darían lugar a la escritura, altísimo don. Y nos defendimos del frío con pieles y del calor con sombras. Y apareció el miedo al hombre, la venganza y la traición. Y nacieron profetas, visionarios y conspiradores. Y, montados en el indómito corcel de los sueños, aprendimos a crear jardines artificiales desde los que observar el firmamento. Y nos sorprendimos del vertiginoso baile de la tierra. Y nos emocionamos con la inasible música que nos comunica con el yo que llevamos dentro. Y levantamos sólidos templos e inexpugnables fortalezas que hoy yacen horadadas entre las cálidas arenas de la nostalgia. Y corrimos como enajenados, volamos más rápido que el viento y rasgamos los océanos con las naves que nos regalarían paraísos que ya no existen. Y subimos a todas las montañas de la tierra, excepto al Olimpo. Y amamantamos a niños que abrían sus curiosos ojos a la claridad confusa de los lejanos astros. Y pagamos con oro y plata lo que no se puede comprar. Y después llegó la miseria y la opulencia de la mano. Y las religiones y las naciones se declararon la guerra, pero todos la perdieron. Y nos introdujimos en el minúsculo confín de la materia mientras mirábamos a las estrellas en busca de respuestas que aún no han llegado. Y así, huyendo de las tinieblas del pasado, nos hemos convertido en los portadores del gran misterio, el de la esencia humana. Y ahora deberíamos averiguar para qué bajamos de los árboles y por qué han tenido que quedar tantos en el camino. Y hoy tenemos que preguntarnos si durante el último millón de años no podríamos haber hecho otra cosa, si no podríamos haber crecido sin devorarnos, haber evitado herir de muerte el arte, la poesía, la música y haber perdido la dignidad de ser los hijos de la inteligencia.
Limones y pezones
Hace 4 años
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Me interesan tus comentarios