“Ya pasó el invierno” – espetaba el abuelo cada año con los primeros calores, y continuaba – “ya me puedo morir”. Pero nunca lo hacía. Era cabezota y obstinado. Murió el tres de noviembre de un año frío como pocos. Él pensaba que nadie lloraría en su funeral y nosotros reíamos al escucharlo. Desconocíamos que en su testamento había dispuesto que quería ser incinerado sin comitiva, sin testigos. Al principio nos enfadamos con él. ¡Qué tontería enfadarse con alguien que ya no existe! A los tres días nos reunieron en la notaría para el reparto de la herencia. El único que no lloró fue el notario. Había cobrado su minuta por adelantado.
Limones y pezones
Hace 4 años
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