Voy con retraso, como siempre –pensaba en el metro camino del trabajo-. Todo en su vida, según él, había sucedido con retraso. Acabó tarde la carrera, se echó novia con veinticinco, hizo el servicio militar tras varias prórrogas por estudios, se compró la primera casa con cerca de cuarenta y tuvo un hijo dos años después. Se divorció, con retraso, a los cincuenta y uno, y todos los meses pasaba la pensión con retraso. Cuando llegó a la estación de destino comprobó, como todos los días, que no olvidaba en el asiento el maletín, las gafas o el periódico. Al bajar del vagón se tocó la muñeca izquierda y comprobó que, con las prisas, había olvidado ponerse el reloj.
Limones y pezones
Hace 4 años