Ahora no hay dios más poderoso que el tiempo. Él nos envuelve, nos transforma, nos engrandece o empequeñece como si fuésemos tosca y blanda arcilla. Los antiguos dioses, inasibles, se retuercen en sus tumbas enfurecidos, presintiendo el vacío que, poco a poco y sin darnos cuenta, se ha instalado en la memoria infame de los hombres.
Hubo tiempos en los que dominó la belleza, pero sólo para unos pocos; y tiempos en los que la bondad y la justicia eran preciadas piezas para el cazador de sueños. Los dioses nos protegían sonrientes y satisfechos mientras el oscuro manto de la realidad enarbolaba sus afiladas armas para distraer a los habitantes de los olimpos, de las fortalezas de piedra y de las humanas.
Para nosotros, acostumbrados al rumor geológico, a la inaccesible grandeza de los océanos, a la equilibrada danza de los animales, al musical silencio de los bosques, a la insondable belleza de un cuadro, al sorprendente desenlace de una historia, al olor de la primavera, a la lluvia milagrosa, a los ojos de Venus, al calor de las hogueras, al sabor de exóticos manjares, a la soledad y a la noche, todo está acabado.
Los otrora gruesos muros de la verdad han sucumbido a la más mediocre de las mentiras. Las religiones se han aliado con el poder y el dinero. Los que dirigen las riendas del carro de Gea señalan con una mano para un lado y tiran con la otra hacia el desierto de la injusticia y el deshonor.
Así pasamos por el tiempo de puntillas, escondidos de nosotros mismos, taponando las estrechas bocas de las cuevas donde los ancianos dioses se retuercen en sus tumbas.
Así arden los bosques, hierven los mares y se deshacen los viejos libros en los anaqueles de la historia. Así malvivimos, unos ciegos, otros casi, envueltos en el insoportable odor de la necedad, el amargo sabor de la derrota y el repugnante aspecto de la miseria.
Pero, de vez en cuando, surge el espejismo y sonreímos al observar el atareado enredo de un niño en su juego imposible. Lloramos como si estuviésemos vivos de verdad, nos tiramos contra las olas del deseo y salimos reforzados de los sueños engañados por los inadvertidos duendes del olvido.
Aun así, nos empeñamos en buscar la felicidad entre los renglones de los cuentos, pensando que los aciagos días pasarán y despertaremos enteros y renovados con la tenue y reconfortante luz de los atardeceres marinos.
Tal vez las palabras no sean más que el polvo que el dios del tiempo va cambiando de lugar conforme giran las estrellas sobre nuestras cabezas y puede ser que algún día sintamos como la tierra tiembla bajo nuestros pies y suspiremos aliviados. Pero, en realidad no deberíamos confiarnos. Seguramente será que los antiguos dioses siguen retorciéndose en sus tumbas mientras los hombres perdemos la vista poco a poco.
agosto de 2004
Hubo tiempos en los que dominó la belleza, pero sólo para unos pocos; y tiempos en los que la bondad y la justicia eran preciadas piezas para el cazador de sueños. Los dioses nos protegían sonrientes y satisfechos mientras el oscuro manto de la realidad enarbolaba sus afiladas armas para distraer a los habitantes de los olimpos, de las fortalezas de piedra y de las humanas.
Para nosotros, acostumbrados al rumor geológico, a la inaccesible grandeza de los océanos, a la equilibrada danza de los animales, al musical silencio de los bosques, a la insondable belleza de un cuadro, al sorprendente desenlace de una historia, al olor de la primavera, a la lluvia milagrosa, a los ojos de Venus, al calor de las hogueras, al sabor de exóticos manjares, a la soledad y a la noche, todo está acabado.
Los otrora gruesos muros de la verdad han sucumbido a la más mediocre de las mentiras. Las religiones se han aliado con el poder y el dinero. Los que dirigen las riendas del carro de Gea señalan con una mano para un lado y tiran con la otra hacia el desierto de la injusticia y el deshonor.
Así pasamos por el tiempo de puntillas, escondidos de nosotros mismos, taponando las estrechas bocas de las cuevas donde los ancianos dioses se retuercen en sus tumbas.
Así arden los bosques, hierven los mares y se deshacen los viejos libros en los anaqueles de la historia. Así malvivimos, unos ciegos, otros casi, envueltos en el insoportable odor de la necedad, el amargo sabor de la derrota y el repugnante aspecto de la miseria.
Pero, de vez en cuando, surge el espejismo y sonreímos al observar el atareado enredo de un niño en su juego imposible. Lloramos como si estuviésemos vivos de verdad, nos tiramos contra las olas del deseo y salimos reforzados de los sueños engañados por los inadvertidos duendes del olvido.
Aun así, nos empeñamos en buscar la felicidad entre los renglones de los cuentos, pensando que los aciagos días pasarán y despertaremos enteros y renovados con la tenue y reconfortante luz de los atardeceres marinos.
Tal vez las palabras no sean más que el polvo que el dios del tiempo va cambiando de lugar conforme giran las estrellas sobre nuestras cabezas y puede ser que algún día sintamos como la tierra tiembla bajo nuestros pies y suspiremos aliviados. Pero, en realidad no deberíamos confiarnos. Seguramente será que los antiguos dioses siguen retorciéndose en sus tumbas mientras los hombres perdemos la vista poco a poco.
agosto de 2004